21 de abril de 2026
El valor de lo invisible

Mueblería HyG

Jesús esta­ba en Beta­nia, en la casa de un hom­bre cono­ci­do como Simón el lep­roso. Mien­tras com­partían la mesa, una mujer inter­rumpió la esce­na con un gesto ines­per­a­do: rompió un fras­co de per­fume cos­toso y lo der­ramó sobre la cabeza de Jesús. No habló. No pidió per­miso. Solo lo hizo.

A su alrede­dor, muchos se molestaron. Dijeron que ese per­fume valía muchísi­mo y que podría haberse ven­di­do para ayu­dar a los pobres. Juz­garon su acción como un des­perdi­cio. Pero Jesús no la cor­rigió. Al con­trario, la defendió: “Ella ha hecho lo que pudo”.

Hizo lo que le nacía del corazón. Y lo que hizo, quedó escrito para siem­pre.

Lo que a los ojos de algunos fue un der­roche, a los ojos de Jesús fue una ofren­da de amor. Esa mujer no buscó reconocimien­to ni expli­cación. Hizo lo que le nacía del corazón. Y lo que hizo, quedó escrito para siem­pre. “Don­d­e­quiera que se predique el evan­ge­lio, se con­tará tam­bién lo que ella ha hecho”, dijo Jesús.

Este pasaje nos invi­ta a mirar más allá de los gestos vis­i­bles y las nor­mas sociales. A veces, lo más valioso no es lo que se puede medir, pesar o vender, sino lo que nace del amor, lo que no se puede explicar del todo. Lo invis­i­ble para los demás puede ser eter­no a los ojos de Dios.

Lo invis­i­ble para los demás puede ser eter­no a los ojos de Dios.

Vivi­mos en una cul­tura que mide el val­or por la util­i­dad. Pero este momen­to en la casa de Simón nos recuer­da que hay gestos que, aunque no pro­duz­can resul­ta­dos inmedi­atos, mar­can el alma. Lo que hace­mos por amor nun­ca es un des­perdi­cio.

Quizás hoy sea tiem­po de pre­gun­tarnos: ¿Qué acto sim­ple —pero sin­cero— puedo ofre­cer yo? Tal vez no cam­bie el mun­do. Pero puede tocar un corazón. Y eso, para Jesús, es dig­no de ser recor­da­do.

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