Jesús estaba en Betania, en la casa de un hombre conocido como Simón el leproso. Mientras compartían la mesa, una mujer interrumpió la escena con un gesto inesperado: rompió un frasco de perfume costoso y lo derramó sobre la cabeza de Jesús. No habló. No pidió permiso. Solo lo hizo.
A su alrededor, muchos se molestaron. Dijeron que ese perfume valía muchísimo y que podría haberse vendido para ayudar a los pobres. Juzgaron su acción como un desperdicio. Pero Jesús no la corrigió. Al contrario, la defendió: “Ella ha hecho lo que pudo”.
Hizo lo que le nacía del corazón. Y lo que hizo, quedó escrito para siempre.
Lo que a los ojos de algunos fue un derroche, a los ojos de Jesús fue una ofrenda de amor. Esa mujer no buscó reconocimiento ni explicación. Hizo lo que le nacía del corazón. Y lo que hizo, quedó escrito para siempre. “Dondequiera que se predique el evangelio, se contará también lo que ella ha hecho”, dijo Jesús.
Este pasaje nos invita a mirar más allá de los gestos visibles y las normas sociales. A veces, lo más valioso no es lo que se puede medir, pesar o vender, sino lo que nace del amor, lo que no se puede explicar del todo. Lo invisible para los demás puede ser eterno a los ojos de Dios.
Lo invisible para los demás puede ser eterno a los ojos de Dios.
Vivimos en una cultura que mide el valor por la utilidad. Pero este momento en la casa de Simón nos recuerda que hay gestos que, aunque no produzcan resultados inmediatos, marcan el alma. Lo que hacemos por amor nunca es un desperdicio.
Quizás hoy sea tiempo de preguntarnos: ¿Qué acto simple —pero sincero— puedo ofrecer yo? Tal vez no cambie el mundo. Pero puede tocar un corazón. Y eso, para Jesús, es digno de ser recordado.




