8 de junio de 2026

Reflexión del Apóstol Guillermo Decena: «Quebrando las maldiciones»

Reflexión del Apóstol Guillermo Decena

Mueblería HyG

En su reflex­ión “Que­bran­do las maldiciones”, el Após­tol Guiller­mo Dece­na expresó que fuimos desafi­a­dos a cam­i­nar en la autori­dad que Cristo nos otorgó, enten­di­en­do que no esta­mos lla­ma­dos a vivir lim­i­ta­dos por cade­nas del pasa­do, sino a avan­zar en lib­er­tad, fe y propósi­to.

«…Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divíde­lo, y entren los hijos de Israel por en medio del mar, en seco…» (Éxo­do 14:13–18).

Hay un tiem­po para orar, pero tam­bién hay un tiem­po para tomar autori­dad, Moisés debía accionar. La oración se adap­ta para casi todas las situa­ciones, pero de vez en cuan­do lle­ga un momen­to en el que inclu­so la oración debe tomar un lugar secun­dario y tomar la autori­dad que Dios nos ha con­ce­di­do. No solo debe­mos anhelar la ayu­da de Dios, sino tam­bién avan­zar en el camino a través del cual dare­mos paso a la autori­dad que Dios ha deposi­ta­do en nosotros.

En este mar­co, el Após­tol Guiller­mo Dece­na explicó: «Y tú alza tu vara, y extiende tu mano»: Estas eran instruc­ciones sen­cil­las conec­tadas a un poderoso mila­gro. De la mis­ma man­era, el más grande mila­gro de sal­vación ocurre con actos de autori­dad de nues­tra parte. Ni Moisés, ni su vara podrían ser un instru­men­to efi­caz en una obra que sólo podría lograrse medi­ante la omnipo­ten­cia de Dios; pero era nece­sario que Moisés usara su autori­dad, a fin de que pudiera ten­er crédi­to ante los ojos de los israeli­tas, y que pudier­an ver que Dios lo había elegi­do para ser el instru­men­to de su lib­eración.

«Y sabrán los egip­cios que yo soy Jehová»: Dios no había ter­mi­na­do de respon­der la pre­gun­ta de Faraón, cuan­do el Faraón preguntó,“¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel?” (Éxo­do 5:2).

Dios usó el mila­gro de la división del Mar Rojo para hablar­le a Egip­to tan­to como lo usó para hablar­le a Israel. He aquí una gran ver­dad: Dios puede usar aun las maldiciones para enseñar y diri­gir a sus hijos por el buen camino. Sin dudas que “el espíritu que repos­a­ba sobre Moisés” le daba la autori­dad y el poder.

Antes de dividir el Mar Rojo para que se cumpli­er­an los planes del Señor, Moisés fue instru­men­to para procla­mar las pla­gas que en ver­dad fueron maldiciones sobre Egip­to. Las 10 pla­gas de Egip­to, descritas en el libro del Éxo­do de la Bib­lia, ocur­rieron en el sigu­iente orden:

1. Agua con­ver­ti­da en san­gre (Éxo­do 7:14–25)

2. Pla­ga de ranas (Éxo­do 8:1–15)

3. Pla­ga de pio­jos o mos­qui­tos (Éxo­do 8:16–19)

4. Pla­ga de moscas (Éxo­do 8:20–32)

5. Peste del gana­do (Éxo­do 9:1–7)

6. Pla­ga de úlceras y sar­na (Éxo­do 9:8–12)

7. Pla­ga de grani­zo y fuego (Éxo­do 9:13–35)

8. Pla­ga de lan­gostas (Éxo­do 10:1–20)

9. Tinieblas y oscuri­dad (Éxo­do 10:21–29)

10. Muerte de los pri­mogéni­tos (Éxo­do 11:1–12:36)

Es como una descrip­ción de las calami­dades que se pro­ducen por una maldición. Med­i­tar en el tema de las maldiciones y las ben­di­ciones pueden hablarnos de tal man­era que traería a nue­stro corazón un poderoso cam­bio, una mar­avil­losa entre­ga y un san­to temor, dan­do nue­va rev­elación de la inmen­sa mis­eri­cor­dia de Dios.

Las fuentes de las maldiciones pueden ser: Dios mis­mo, pues en su pal­abra Él mis­mo dice: “maldito el que hace este acto o aquel acto.”

Tam­bién otra fuente de maldición es el sier­vo de Dios que tenien­do autori­dad del­e­ga­da por el Señor procla­ma un decre­to que puede ser una maldición.

Hemos vis­to casos como el de Josué, de la maldición de la higuera (Mar­cos 11:19–26). En for­ma clási­ca, se inter­pre­ta que la higuera rep­re­sen­ta a Israel. Dios pre­tendía encon­trar fru­tos y no los hal­ló. Espir­i­tual­mente, al rec­haz­ar a Cristo se seca Israel, o cualquiera sin Cristo no puede dar fru­tos para Dios. Pero aquí hay una lec­ción fun­da­men­tal que nos da el Sal­vador, habla de la autori­dad para deter­mi­nar el cur­so de las cosas, y habla del poder de la fe apli­ca­da a la pal­abra que dec­i­mos. Pero claro ten­emos que ten­er cuida­do y no ten­er un corazón amar­ga­do y ren­coroso, pues entonces no podríamos cumplir los designios del Señor. Lo que nos que­da claro es que Jesús enseña que nosotros podríamos hac­er lo mis­mo por la autori­dad del­e­ga­da.

Tam­bién podemos ver el ejem­p­lo de Pedro, con Ana­nias y Zafi­ra: «…Y Pedro le dijo: ¿Por qué con­vin­is­teis en ten­tar al Espíritu del Señor? He aquí a la puer­ta los pies de los que han sepul­ta­do a tu mari­do, y te sacarán a ti…» (Hechos 5:7–11).

En defin­i­ti­va, este acon­tec­imien­to sirvió para madu­rar en la fe, estable­cer una base de que con la obra de Dios no se jue­ga y que la igle­sia pue­da rec­haz­ar la men­ti­ra y la hipocre­sía reli­giosa. Pedro declara una maldición o pro­fe­ti­za lo que iba a pasar, pero cualquiera de las dos posi­bil­i­dades está hablan­do de una autori­dad del­e­ga­da que se debe admin­is­trar con gran respon­s­abil­i­dad.

Otro caso es el de Pablo y un hechicero: «…Aho­ra, pues, he aquí la mano del Señor está con­tra ti, y serás ciego, y no verás el sol por algún tiem­po. E inmedi­ata­mente cayeron sobre él oscuri­dad y tinieblas; y andan­do alrede­dor, bus­ca­ba quien le con­du­jese de la mano…» (Hechos 13:6–12).

Deberíamos enten­der que ten­emos autori­dad y que señales sobre­nat­u­rales seguirán a los que creen en Cristo. Pero hay que usar esa autori­dad para el desar­rol­lo del reino de Dios. Si los sier­vos del malig­no usan la autori­dad para el mal, cuán­to más nosotros debe­mos usar la autori­dad del­e­ga­da para que el reino de Dios no quede ata­do a pal­abras, sino a una man­i­festación poderosa para el bien espir­i­tu­al de la gente.

LA AUTORIDAD DELEGADA EN LA FAMILIA.

El esposo es cabeza de la esposa de tal man­era que al ben­de­cir­la, la pro­tege espir­i­tual­mente. La mujer tiene autori­dad espir­i­tu­al y al ben­de­cir­lo, la ben­di­ción le ayu­da para que todo le sal­ga bien. Acuérdese que la Bib­lia habla de que la mujer es ayu­da idónea para el esposo, o sea para que haya pro­gre­so y pros­peri­dad en la vida del hom­bre la mujer debe ben­de­cir­le.

¿Qué pasa cuan­do en vez de ben­de­cirse se maldicen? El destruc­tor, el demo­nio dividirá y se encar­gará de la des­gra­cia. Con los hijos es igual, si los padres no los ben­di­cen no serán ben­de­ci­dos, y ojalá que nun­ca los maldigan porque la maldición de los padres está car­ga­da de autori­dad.

Las pal­abras tienen poder y más cuan­do son de los padres. Lam­en­ta­ble­mente los padres están car­ga­dos de igno­ran­cia, de frus­tra­ciones, de heri­das y ter­mi­nan hirien­do a sus hijos.

La pal­abra de los padres pro­tege o sino serán una puer­ta abier­ta para que el ene­mi­go ataque a ese niño. Hay que ten­er cuida­do con las pal­abras de rec­ha­zo y más en cuan­to a la iden­ti­dad de la criatu­ra.

Que Dios te bendi­ga, te guarde de todo mal y ten­gas una sem­ana de com­ple­ta vic­to­ria!

Após­tol Guiller­mo Dece­na

Vic­to­ry Church

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