11 de mayo de 2026

Reflexión del Apóstol Guillermo Decena: «Ataques mentales»

Reflexión del Apóstol Guillermo Decena: «Tres estrategias del engañador»

Mueblería HyG

El Após­tol Guiller­mo Dece­na expresó que la guer­ra de la luz y las tinieblas se reduce a una guer­ra de ver­dades y men­ti­ras. El malig­no bus­ca tu enfoque, pen­samien­tos, ilu­siones, emo­ciones, iden­ti­dad; la lucha está en la mente, por eso debe­mos ser astu­tos y sabe­mos dis­cernir todo pen­samien­to.

“Y cono­ceréis la ver­dad, y la ver­dad os hará libres” (Juan 8:32).

¿Cómo podemos cono­cer la ver­dad? Con el recur­so mar­avil­loso que Dios nos ha dado: el Espíritu San­to. Por esto nece­si­ta­mos estar llenos del Espíritu San­to y Él nos alum­brará para cono­cer los engaños, sutilezas y asechan­zas malig­nas.

La sutileza de los ataques dia­bóli­cos es tan engañosa que muchos cris­tianos ni se dan cuen­ta. Es un juego men­tal que ata­ca los pen­samien­tos, porque allí se gen­er­an todos tus movimien­tos y deci­siones. El malig­no actúa con­tra tu mente porque si te engaña entonces te roba la paz, te roba la feli­ci­dad, te saca la ale­gría y el entu­si­as­mo para seguir ade­lante.

«Vosotros sois de vue­stro padre el dia­blo, y los deseos de vue­stro padre queréis hac­er. (…) no hay ver­dad en él. Cuan­do habla men­ti­ra, de suyo habla; porque es men­tiroso, y padre de men­ti­ra. Y a mí, porque digo la ver­dad, no me creéis» (Juan 8:44–45).

La guer­ra de la luz y las tinieblas se reduce a una guer­ra de ver­dades y men­ti­ras. El malig­no bus­ca tu enfoque, pen­samien­tos, ilu­siones, emo­ciones, iden­ti­dad; la lucha está en la mente, por eso debe­mos ser astu­tos y saber dis­cernir todo pen­samien­to.

En este mar­co, el Após­tol Guiller­mo Dece­na detal­ló algunos pun­tos:

I. MEMORIA FORMIDABLE PERO SELECTIVA.

Hay una serie de ataques malig­nos a la mente, ten­di­entes a que ten­gas una memo­ria for­mi­da­ble que se nie­ga a olvi­dar acon­tec­imien­tos dolorosos que ofendieron tu vida.

“Más si no per­donáis a los hom­bres sus ofen­sas, tam­poco vue­stro Padre os per­donará vues­tras ofen­sas” (Mateo 6:15).

El malig­no tiene capaci­dad para hac­er recor­dar ofen­sas a las per­sonas que se nie­gan a olvi­dar. Por esto debe­mos ver al perdón como un man­damien­to fun­da­men­tal que nos obliga a obe­de­cer para ten­er ver­dadera comu­nión con el Altísi­mo.

“Antes sed benig­nos unos con otros, mis­eri­cor­diosos, per­donán­doos unos a otros, como Dios tam­bién os per­donó a vosotros en Cristo” (Efe­sios 4:32).

La fal­ta de perdón al próji­mo o ren­cor es una estrate­gia maligna para que no seas libre. Jesús habla de que aquel que se nie­ga a per­donar es someti­do por los ver­du­gos. Esta enseñan­za en cuan­to al perdón demues­tra que la per­sona quiere recibir el perdón, pero no le gus­ta per­donar. Las con­se­cuen­cias de esto son graves, porque para Dios es inad­mis­i­ble que, habién­donos per­don­a­do una deu­da mil­lonar­ia impagable, no seamos capaces de per­donarnos entre nosotros, per­sonas exac­ta­mente igual de imper­fec­tas e igual de pecado­ras, deu­das insignif­i­cantes.

Por esto, el malig­no nos tra­ta de con­vencer que no olvidemos la ofen­sa y que, por lo tan­to, la otra per­sona no merece ser per­don­a­da. Y el final esta­do es una vida espir­i­tu­al a la deri­va.

II. LA ANSIEDAD.

Jesús decía que las pre­ocu­pa­ciones de la vida, actúan como espinos que ahogan la semi­l­la de la pal­abra de Dios, impi­di­en­do que fruc­ti­fique en el corazón, y esto nos lle­va a perder algo mar­avil­loso: la paz.

Debe­mos orar, con­fi­ar y esper­ar pacientes en Dios, y no dar lugar al ataque del ene­mi­go, quien tam­bién puede con­vencerte de que la demo­ra que Dios tiene para con­tes­tar tus ora­ciones es una negación a tu pedi­do.

“Echan­do toda vues­tra ansiedad sobre él, porque él tiene cuida­do de vosotros” (1 Pedro 5:7).

La Bib­lia abor­da la ansiedad como una pre­ocu­pación, angus­tia o desasosiego que nos dis­trae de la con­fi­an­za en Dios, ani­man­do a deposi­tar­la en Él medi­ante la oración, la grat­i­tud y la fe. Nos enseña a no afa­narse por el futuro, enfocán­dose en el pre­sente y con­fian­do en la pro­visión div­ina en el futuro.

El ori­gen de la ansiedad puede estar en el afán de con­tro­lar el tiem­po o en el orgul­lo de dom­i­nar, olvi­dan­do depen­der de Dios. No te pre­ocu­pes demasi­a­do por el tiem­po, enfó­cate en Dios para ten­er vic­to­ria.

“Aunque la visión tar­dará aún por un tiem­po, más se apresura hacia el fin, y no men­tirá; aunque tar­dare, espéralo, porque sin duda ven­drá, no tar­dará. He aquí que aquel cuya alma no es rec­ta, se enorgul­lece; mas el jus­to por su fe vivirá” (Habacuc 2:3–4).

Esta fe es fidel­i­dad en el tiem­po, esperan­do lo mejor de Dios.

III. LA TENTACIÓN DEL AISLAMIENTO.

“Mejores son dos que uno; (…) Porque si cay­eren, el uno lev­an­tará a su com­pañero; pero ¡ay del solo! que cuan­do cayere, no habrá segun­do que lo lev­ante” (Ecle­si­astés 4:9–10).

El reunirnos con per­sonas de fe y sabiduría nos for­t­alece frente al ene­mi­go, el bus­car con­se­jo frente a la adver­si­dad nos lle­va a la vic­to­ria, el pen­sar que podremos solos es un engaño del malig­no, y el ais­larnos nos expone al desas­tre espir­i­tu­al.

Rechace­mos la tentación de encer­rarnos en nosotros mis­mos. Busque­mos per­sonas en las cuales con­fi­ar y que nos pueden ayu­dar de parte de Dios. Sin dudas uno de los ataques men­tales que la per­sona puede sufrir es la tentación de ais­larse. Esto puede estar orig­i­na­do en las heri­das inte­ri­ores del rec­ha­zo y, por lo tan­to, ser un mecan­is­mo de auto defen­sa.

El ais­lamien­to es peli­groso porque afir­ma el egoís­mo, la vul­ner­a­bil­i­dad a la tentación y el estancamien­to espir­i­tu­al, tam­bién evi­tará la sanidad pro­fun­da del alma. Lam­en­ta­ble­mente la per­sona que elige ais­larse se for­t­alece en sus heri­das inte­ri­ores.

La vida cris­tiana está dis­eña­da para vivirse en comu­nidad, no en soli­tario. El tra­ba­jo en equipo nos lle­va a la vic­to­ria. Ais­larse del «Cuer­po de Cristo» hará que per­damos el apoyo, la cor­rec­ción y el estí­mu­lo mutuo, y nos lleve a pen­sar que somos auto­su­fi­cientes, que no nece­si­ta­mos de nadie. El ais­lamien­to es un lugar donde el peca­do pros­pera, debil­i­tan­do la fe y difi­cul­tan­do escuchar la voz de Dios.

En resumen, el ais­lamien­to puede resul­tar en una vida espir­i­tual­mente enfer­ma, que nun­ca puede lle­gar a cumplir el lla­ma­do de poder amar al próji­mo como Dios enfáti­ca­mente nos man­da.

La Bib­lia pro­mueve la unidad y el apoyo mutuo entre creyentes.

“¿Está alguno entre vosotros afligi­do? Haga oración. ¿Está alguno ale­gre? Cante ala­ban­zas. (…) la oración de fe sal­vará al enfer­mo, y el Señor lo lev­an­tará; y si hubiere cometi­do peca­dos, le serán per­don­a­dos. (…) orad unos por otros, para que seáis sana­dos. La oración efi­caz del jus­to puede mucho» (San­ti­a­go 5:13–16).

Que Dios te guíe y te bendi­ga, que te guarde de todo mal y ten­gas una sem­ana de com­ple­ta vic­to­ria!

Após­tol Guiller­mo Dece­na

Vic­to­ry Church

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