2 de abril de 2026

Individualismo vs. Colectivismo: la grieta global que también atraviesa a la Argentina

Individualismo vs. Colectivismo la grieta global que también atraviesa a la Argentina

Mueblería HyG

Por Ale­jan­dro Pérez

En un mun­do atrav­es­a­do por cri­sis económi­cas, ten­siones geopolíti­cas y cam­bios cul­tur­ales acel­er­a­dos, hay un eje que vuelve a cobrar cen­tral­i­dad: la dis­pu­ta entre el indi­vid­u­al­is­mo y el colec­tivis­mo. No es una dis­cusión nue­va, pero sí ren­o­va­da bajo nuevas for­mas, nuevos lid­er­az­gos y nuevas urgen­cias.

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Des­de Buenos Aires, esta ten­sión no resul­ta aje­na. Por el con­trario, la Argenti­na parece ser hoy uno de los esce­nar­ios más níti­dos donde este debate se expre­sa con crudeza, tan­to en el plano dis­cur­si­vo como en las políti­cas conc­re­tas.

El indi­vid­u­al­is­mo, en su ver­sión más con­tem­poránea, encuen­tra en fig­uras como Javier Milei una expre­sión con­tun­dente. Su prop­ues­ta no solo cues­tiona el tamaño del Esta­do, sino su propia legit­im­i­dad como orga­ni­zador de la vida social. La lib­er­tad indi­vid­ual, lle­va­da al extremo, se con­vierte en prin­ci­pio rec­tor abso­lu­to: cada per­sona debe ser dueña de su des­ti­no sin inter­fer­en­cias. Es una nar­ra­ti­va potente en con­tex­tos de frus­tración con estruc­turas estatales ine­fi­cientes o cor­rup­tas.

Sin embar­go, este enfoque no es exclu­si­vo de la Argenti­na. Don­ald Trump, des­de Esta­dos Unidos, tam­bién con­struyó su lid­er­az­go sobre una lóg­i­ca de afir­ma­ción indi­vid­ual —aunque com­bi­na­da con un fuerte nacional­is­mo—, donde el méri­to, la auto­su­fi­cien­cia y la descon­fi­an­za hacia el Esta­do ocu­pan un lugar cen­tral. Inclu­so Gior­gia Mel­oni, en Italia, artic­u­la una sín­te­sis par­tic­u­lar: defen­sa de val­ores tradi­cionales y de la iden­ti­dad nacional, jun­to con una economía que no ren­ie­ga del mer­ca­do.

Del otro lado, el colec­tivis­mo —o al menos una visión más comu­ni­taria de la sociedad— se expre­sa en líderes como Lula da Sil­va en Brasil o Gus­ta­vo Petro en Colom­bia. Ambos parten de una premisa dis­tin­ta: sin un Esta­do acti­vo que inter­ven­ga para cor­re­gir desigual­dades, la lib­er­tad indi­vid­ual se vuelve una ilusión para amplios sec­tores de la población. La jus­ti­cia social, en este mar­co, no es un resul­ta­do espon­tá­neo del mer­ca­do, sino una con­struc­ción políti­ca delib­er­a­da.

Pero reducir esta dis­cusión a una sim­ple dico­tomía sería un error. Ni el indi­vid­u­al­is­mo puro ni el colec­tivis­mo abso­lu­to han demostra­do, por sí solos, ser respues­tas sufi­cientes a la com­ple­ji­dad de las sociedades mod­er­nas. Los país­es más esta­bles sue­len com­bi­nar ele­men­tos de ambos enfo­ques: economías dinámi­cas con redes de con­tención social, lib­er­tades indi­vid­uales con mar­cos reg­u­la­to­rios que orde­nen la con­viven­cia.

En la Argenti­na, este equi­lib­rio parece espe­cial­mente difí­cil de alcan­zar. La his­to­ria reciente ha esta­do mar­ca­da por vaivenes extremos: del Esta­do omnipresente al inten­to de des­man­te­lar­lo casi por com­ple­to. En ese pén­du­lo, la sociedad que­da muchas veces atra­pa­da entre prome­sas de lib­er­tad que no siem­pre se tra­ducen en bien­es­tar, y políti­cas redis­trib­u­ti­vas que no siem­pre logran sosten­erse en el tiem­po.

Aho­ra bien, hay un pun­to que merece ser sub­raya­do con clar­i­dad: el rol de la fun­ción públi­ca y del Esta­do no debería reducirse a una dis­pu­ta ide­ológ­i­ca abstrac­ta. Un Esta­do mod­er­no, efi­ciente y trans­par­ente es condi­ción nece­saria para que cualquier mod­e­lo —más indi­vid­u­al­ista o más colec­tivista— pue­da fun­cionar. No se tra­ta de un Esta­do ausente ni de uno sobred­i­men­sion­a­do, sino de un Esta­do inteligente, capaz de gener­ar las condi­ciones para el desar­rol­lo.

La fun­ción públi­ca, cuan­do está pro­fe­sion­al­iza­da y ori­en­ta­da al ser­vi­cio, cumple un papel insusti­tu­ible: garan­ti­zar reglas claras, pro­mover la igual­dad de opor­tu­nidades, inver­tir en edu­cación, salud e infraestruc­tura, y pro­te­ger a los sec­tores más vul­ner­a­bles sin asfix­i­ar la ini­cia­ti­va pri­va­da. En otras pal­abras, crear un ter­reno donde cada argenti­no pue­da desple­gar su proyec­to de vida con lib­er­tad real, no solo for­mal.

Porque la lib­er­tad sin condi­ciones mate­ri­ales mín­i­mas corre el ries­go de con­ver­tirse en priv­i­le­gio, y la inter­ven­ción estatal sin efi­cien­cia puede derivar en frus­tración y estancamien­to. El desafío, entonces, no es ele­gir entre Esta­do o mer­ca­do, sino lograr una artic­u­lación vir­tu­osa entre ambos.

Quizás el ver­dadero debate que la Argenti­na nece­si­ta no sea cuán­to Esta­do o cuán­to mer­ca­do, sino qué Esta­do: uno que obsta­c­ulice o uno que poten­cie. Uno cap­tura­do por intere­ses o uno al ser­vi­cio del ciu­dadano.

Las respues­tas, como siem­pre, no serán sim­ples. Pero hay una certeza: sin insti­tu­ciones sól­i­das y sin una fun­ción públi­ca com­pro­meti­da, ningún mod­e­lo —ni indi­vid­u­al­ista ni colec­tivista— podrá ofre­cer un hor­i­zonte de desar­rol­lo sostenible.

Porque, en defin­i­ti­va, no se tra­ta solo de mod­e­los económi­cos o teorías políti­cas. Se tra­ta de cómo quer­e­mos vivir como sociedad y de qué her­ramien­tas esta­mos dis­puestos a con­stru­ir para hac­er­lo posi­ble.

Panora­ma Políti­co

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