Reflexión del Apóstol Guillermo Decena: «Solos no podemos»

Mueblería HyG

El Após­tol Guiller­mo Dece­na expresó que muchas per­sonas bus­can pertenecer a una religión, pero Jesús no enseña eso, sino que nos enseña que nues­tra perte­nen­cia es mucho más pro­fun­da: pertenece­mos a un reino espir­i­tu­al, el Reino de Dios. Veamos qué nos dice la Pal­abra de Dios.

Pertenecer para cre­cer, flo­re­cer y dar fru­tos

“Mas bus­cad primera­mente el reino de Dios y su jus­ti­cia, y todas estas cosas os serán aña­di­das.” (Mateo 6:33).

Cuan­do nace­mos de nue­vo por el Espíritu San­to, pasamos a pertenecer al Reino de Dios y tam­bién somos incor­po­ra­dos a una famil­ia espir­i­tu­al: la Igle­sia. Dios no nos llamó sim­ple­mente a “estar” o “ir” a un lugar, sino a pertenecer, cre­cer, servir y hon­rar­lo den­tro de una famil­ia espir­i­tu­al.

“El jus­to flo­re­cerá como la palmera; cre­cerá como cedro en el Líbano. Plan­ta­dos en la casa de Jehová, en los atrios de nue­stro Dios flo­re­cerán” (Salmo 92:12–13).

La prome­sa de Dios para el jus­to es flo­re­cer. Pero para cre­cer y dar fru­to nece­si­ta­mos estar plan­ta­dos. El cedro del Líbano rep­re­sen­ta firmeza, for­t­aleza y esta­bil­i­dad. De la mis­ma man­era, nues­tra vida espir­i­tu­al nece­si­ta raíces pro­fun­das en la casa de Dios. Pertenecer impli­ca com­pro­miso. No se tra­ta sola­mente de pre­gun­tarnos qué podemos recibir, sino tam­bién qué podemos apor­tar. Esa es una señal de madurez.

Así como un hijo comien­za a asumir respon­s­abil­i­dades porque entiende que esa es su casa, nosotros debe­mos asumir nues­tra respon­s­abil­i­dad den­tro de la famil­ia de Dios. “Ya no son extraños ni extran­jeros, sino con­ci­u­dadanos de los san­tos y miem­bros de la famil­ia de Dios” (Efe­sios 2:19).

En este mar­co, el Após­tol Guiller­mo Dece­na detal­ló algunos pun­tos, sobre las con­se­cuen­cias de no pertenecer.

1. EMPOBRECIMIENTO

Si pertenecer nos lle­va a cre­cer y pros­per­ar espir­i­tual­mente, la fal­ta de perte­nen­cia pro­duce el efec­to con­trario: empo­brec­imien­to. La parábo­la del hijo pródi­go mues­tra a un hijo que, aunque pertenecía a la casa de su padre, no vivía des­de esa iden­ti­dad. Pidió su heren­cia, se ale­jó y buscó sat­is­fac­ción fuera de la casa.

El resul­ta­do fue pér­di­da, necesi­dad y humil­lación. “¡Cuán­tos jor­naleros en casa de mi padre tienen abun­dan­cia de pan, y yo aquí perez­co de ham­bre!” (Lucas15:17).

El prob­le­ma no fue sola­mente que se fue de la casa; primero dejó de sen­tirse parte de ella. Al perder el sen­ti­do de perte­nen­cia, buscó afuera lo que ya tenía disponible den­tro. Cuan­do no enten­demos dónde Dios nos plan­tó, podemos ter­mi­nar bus­can­do sat­is­fac­ción en lugares que no fueron dis­eña­dos para nosotros.

2. SOPORTAR INJUSTICIAS POR TEMOR

La his­to­ria de Jacob tam­bién mues­tra las con­se­cuen­cias de vivir fuera del lugar de perte­nen­cia. Jacob tuvo que huir de su casa por temor a su her­mano y ter­minó vivien­do con Labán, quien se aprovechó de su tra­ba­jo y cam­bió repeti­da­mente su salario (Géne­sis 31:6–7).

Jacob reconoce que había servi­do con todas sus fuerzas, pero su sue­gro lo había engaña­do y cam­bi­a­do su salario muchas veces. Sin embar­go, Dios no aban­donó a Jacob. Le recordó su iden­ti­dad y le indicó que regre­sara a la tier­ra de su nacimien­to: “Yo soy el Dios de Bet-el… Lev­án­tate aho­ra y sal de esta tier­ra, y vuél­vete a la tier­ra de tu nacimien­to” (Géne­sis 31:13).

3. MALAS RELACIONES

La fal­ta de perte­nen­cia tam­bién puede lle­varnos a bus­car aceptación en lugares equiv­o­ca­dos.

David llegó a la cue­va de Adu­lam en un momen­to de cri­sis. Allí se reunieron con él hom­bres afligi­dos, endeu­da­dos y amar­ga­dos de espíritu (1 Samuel 22:2). Eran per­sonas que­bran­tadas y sin un lugar claro donde pertenecer. Pero David no los rec­hazó.

Dios uti­lizó ese tiem­po para trans­for­mar sus vidas y for­mar con ellos un grupo de hom­bres valientes y leales. La cue­va, entonces, puede rep­re­sen­tar los momen­tos de cri­sis, dolor o tran­si­ción. Pero la necesi­dad de pertenecer tam­bién puede lle­var a las per­sonas a rela­cionarse con gru­pos destruc­tivos. Un ejem­p­lo actu­al son las pandil­las: per­sonas que bus­can aceptación y ter­mi­nan encon­trán­dola en ambi­entes que las con­ducen al peca­do y a la destruc­ción. Dios quiere sanar nues­tra necesi­dad de perte­nen­cia e incor­po­rarnos a una famil­ia donde podamos cre­cer, servir y con­ver­tirnos en per­sonas valientes para Su Reino.

¿CÓMO CRECEMOS EN NUESTRO SENTIDO DE PERTENENCIA?

Pertenecer impli­ca tra­ba­jar en tres áreas fun­da­men­tales: iden­ti­dad, rela­ciones y respon­s­abil­i­dad.

1. TOMAR LA IDENTIDAD QUE DIOS NOS DA:

Nor­mal­mente pertenece­mos a aque­l­lo con lo que nos iden­ti­fi­camos. Cada famil­ia, comu­nidad u orga­ni­zación tiene una iden­ti­dad, y nues­tra unidad está rela­ciona­da con nue­stro propósi­to.

Por eso, nues­tra perte­nen­cia debe avan­zar cada vez más. Cuan­do nos iden­ti­fi­camos con la casa donde Dios nos plan­tó, comen­zamos a involu­crarnos, a servir y tam­bién a sem­brar.

2. NO TENER MIEDO A LAS RELACIONES:

El segun­do aspec­to es apren­der a rela­cionarnos. No es lo mis­mo ser com­pañero que ser her­mano. Los com­pañeros pueden com­par­tir una activi­dad o un tra­ba­jo, pero los her­manos com­parten una famil­ia, una iden­ti­dad y un propósi­to. Com­para a la Igle­sia con un cuer­po en el que cada miem­bro cumple una fun­ción y todos se ayu­dan mutu­a­mente para cre­cer y edi­fi­carse en amor (Efe­sios 4:15–16).

Para estar unidos nece­si­ta­mos con­stru­ir rela­ciones ver­daderas. Las rela­ciones atraviesan difer­entes eta­pas: amis­tad, afinidad, respon­s­abil­i­dad y final­mente pacto o leal­tad. A medi­da que nues­tras rela­ciones madu­ran, tam­bién cre­ce­mos en nue­stro sen­ti­do de perte­nen­cia y podemos cumplir mejor el propósi­to de Dios.

3. TOMAR RESPONSABILIDAD Y COMPROMISO

La perte­nen­cia ver­dadera siem­pre pro­duce com­pro­miso. “Y per­se­veran­do unán­imes cada día en el tem­p­lo, y par­tien­do el pan en las casas, comían jun­tos con ale­gría y sen­cillez de corazón” (Hechos 2:46).

La ale­gría y la sen­cillez con la que vivían mues­tran que habían desar­rol­la­do un ver­dadero sen­ti­do de perte­nen­cia. Somos famil­ia. Por eso, esta­mos lla­ma­dos a vivir la vida de la Igle­sia.

Con­clusión: Dios no nos llamó a cam­i­nar solos. Nos llamó a pertenecer a su Reino y a una famil­ia espir­i­tu­al donde podamos cre­cer, servir y dar fru­tos. David expresó: el corazón de alguien que ama y pertenece a la casa de Dios: “Yo me ale­gré con los que me decían: A la casa de Jehová ire­mos” (Salmo 122:1). Que podamos cre­cer en nues­tra iden­ti­dad con la casa del Señor, for­t­ale­cer nue­stros vín­cu­los y asumir con ale­gría nue­stro com­pro­miso con la famil­ia que Dios nos ha dado.

Que Dios te bendi­ga, te guarde de todo mal y ten­gas una sem­ana de com­ple­ta vic­to­ria!

Após­tol Guiller­mo Dece­na

Vic­to­ry Church

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