La tasa de natalidad en Argentina se desplomó un 40% en la última década, revelando un cambio estructural en la composición de los hogares del país. Así lo señala un informe del Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad de la Universidad Austral, elaborado a partir de datos oficiales del INDEC. La investigación, presentada el 15 de mayo con motivo del Día Internacional de la Familia, traza un mapa claro: cada vez nacen menos niños, las familias son más pequeñas y los hogares unipersonales crecen con fuerza.
En 2022, el 57% de las viviendas no tenía menores de 18 años, una cifra que marca un giro notable respecto del 44% registrado en 1991. Con este panorama, Argentina se posiciona entre los países con mayor descenso de nacimientos en América Latina. Según los expertos, el fenómeno no puede explicarse con una sola causa.
“Como ocurre con los grandes cambios sociales, este fenómeno responde a múltiples factores”, explicó Lorena Bolzon, doctora en Ciencias Jurídicas y decana del Instituto de Ciencias para la Familia. Entre las razones más determinantes, mencionó la inestabilidad económica, la migración juvenil y la postergación de la maternidad para priorizar el desarrollo profesional.
El promedio de hijos por mujer cayó a 1,4 a nivel nacional, y a apenas 0,9 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Además, la edad promedio para tener el primer hijo se ubicó entre los 30 y 34 años, reflejando una tendencia creciente a retrasar la maternidad.
El estudio también detectó un fuerte crecimiento en el número de hogares: entre 2010 y 2022 se incrementaron un 31%, mientras que la población lo hizo solo en un 15%. La diferencia se explica, en gran medida, por el auge de hogares unipersonales, que pasaron del 13% en 1991 al 25% en 2022, y de hogares monoparentales, cuya jefatura femenina alcanza hoy el 80%.
Para la doctora María Dolores Dimier de Vicente, miembro del Consejo del Instituto de Ciencias para la Familia, estos datos son reflejo de una sociedad que se encamina hacia el individualismo. “Los vínculos familiares son más frágiles y eso puede tener consecuencias estructurales. Las funciones históricas de la familia —cuidado, apoyo emocional, sostenimiento económico— no tienen reemplazo sencillo en el tejido social”, advirtió.
El envejecimiento poblacional completa el panorama: en 2022, el 11,8% de los argentinos tenía más de 85 años, contra apenas el 1,5% registrado en 1991. Según María Sol González, econometrista y becaria doctoral, esta transformación también expone desigualdades de género: en hogares con niños y adultos mayores, las mujeres son mayoría, lo que implica una carga desproporcionada en las tareas de cuidado.
Desde el ámbito académico, advierten que el descenso de la natalidad no debe interpretarse como consecuencia de políticas reproductivas más abiertas, sino como un llamado de atención sobre la necesidad de rediseñar el entramado social.
“La caída de nacimientos es una señal de que debemos construir una estructura de apoyo distinta para una sociedad que envejece, tiene menos hijos y nuevas formas de familia”, sostuvo Vilda Discacciati, coordinadora del Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Salud del Hospital Italiano.
El informe concluye con un llamado a las autoridades: repensar políticas públicas que acompañen esta transición. Entre las prioridades figuran reforzar las redes de cuidado, garantizar la corresponsabilidad entre géneros y adaptar el sistema de protección social a las nuevas dinámicas demográficas. Argentina está cambiando y la forma en que se organizan sus hogares es la prueba más tangible.




