A tres días del trágico accidente en la Ruta 14, Priscila Raquel Antúnez, esposa de Elian Alvez —uno de los nueve fallecidos—, relató el duelo, la incertidumbre y los sueños truncados que dejó la tragedia.
A tres días del fatal siniestro vial ocurrido el domingo sobre la Ruta Nacional 14, en el que un colectivo de la empresa Sol del Norte chocó de frente con un Ford Focus y cayó al arroyo Yazá, continúan surgiendo historias que reflejan el costado más humano de la tragedia. Una de ellas es la de Priscila Raquel Antúnez, esposa de Elian Alvez, de 29 años, una de las nueve víctimas fatales del accidente.
“No sé cómo explicarlo, no caigo realmente. Es muy doloroso, es muy feo todo lo que está pasando y encima tenemos que continuar la vida como si nada pasó”, expresó Priscila, quien viajó desde Montecarlo hasta Oberá en busca de respuestas.
Entre lágrimas, recordó el momento en que regresó al departamento de su esposo: “Llegué al departamento a buscarle ropa para el velorio y estaba ahí su tereré a medio tomar. Sigo pensando que voy a volver a Oberá y voy a encontrarlo cocinándome el guiso, tejiéndome algo en crochet o arreglando algo en la casa. Era tan paciente, tan tranquilo”.
La joven relató las horas de desesperación que vivió hasta confirmar el destino de su pareja. “No sabíamos dónde estaba, si en el Samic de Oberá o en el hospital de Campo Viera. Fuimos hasta el lugar del accidente a buscar información. Vi cómo estaba el puente, destruido, y el colectivo como si alguien vino y aplastó una lata. Fue muy feo”.
El momento del reconocimiento fue uno de los más difíciles. “Tuvimos que identificar el cuerpo, sus pertenencias, todo. Cuando fue el velorio de él me tocó buscarle la ropa y llegué al departamento y estaba ahí su tereré a medio tomar.”
Elian había viajado solo a votar y planeaba regresar ese mismo día para trabajar. “Él no había dormido en la noche para no quedarse dormido. Me dijo que iba en Didi hasta allá. Venía a votar nada más y se iba en el día para seguir trabajando, para que no falte nada en la semana”, contó.
Conmovida, Priscila habló de los planes de vida truncados: “Yo lo escogí para que sea mi esposo. Íbamos a llegar a viejitos juntos, sentarnos en la galería afuera. Son tantos planes que se desmoronaron. Realmente no sé cómo seguir”.
A pesar del dolor, la joven encuentra consuelo en su fe: “Como adventista, confío en una bella promesa que Dios nos acerca, que es volver a reencontrarnos. Prepararnos nomás para ese día cuando él llegue. Yo sé que Elian ahora duerme nomás”.
Finalmente, lo recordó como un hombre amable, detallista y de profunda fe: “Antes de viajar a Posadas para una actividad, me dejó empanadas en un táper para el almuerzo. A la vuelta me fue a buscar a la terminal, me trajo una campera y me cortó manzanas en forma de conejito. Tenía tantos detalles este hombre… Él era una cebolla, decía yo, porque tenía capas y capas que desbloquear. Era tímido, callado, pero conmigo era otra cosa. Fue mi esposo, fue muy atento, amaba a Dios y me instaba a amarlo también a mí”.




