20 de abril de 2026

Santino, el niño misionero trasplantado en Singapur, continúa su recuperación con esperanza y una red solidaria que no se detiene

Mueblería HyG

A dos sem­anas del segun­do trasplante de médu­la ósea, el pequeño San­ti­no Rzes­niowiec­ki, de ape­nas 6 años, con­tinúa su pro­ce­so de recu­peración en el Hos­pi­tal KK Women’s and Chil­dren de Sin­ga­pur. A pesar de los fuertes dolores que acom­pañan esta eta­pa, los médi­cos se mues­tran esper­an­za­dos y su famil­ia mantiene la cal­ma mien­tras espera que los val­ores de lab­o­ra­to­rio sigan evolu­cio­nan­do pos­i­ti­va­mente.

Des­de su cuen­ta de Insta­gram @amorporsantino, Natalia, la mamá del niño, com­parte a diario videos, imá­genes y reflex­iones sobre la salud de San­ti­no. Con sin­ceri­dad y for­t­aleza, mues­tra tan­to los momen­tos ale­gres —como cuan­do el niño baila o man­da salu­dos— como aque­l­los más difí­ciles. Todo for­ma parte de una ruti­na atrav­es­a­da por la incer­tidum­bre, pero tam­bién por el amor y el acom­pañamien­to con­stante de una gran red sol­i­daria que se extiende por Misiones y el país.

“Es una recu­peración lenta, que requiere mucha pacien­cia. Por suerte los val­ores están subi­en­do, eso indi­ca que hay algu­na médu­la que ya está tra­ba­jan­do”, explicó Natalia. Aunque San­ti­no aún no se ali­men­ta por sí mis­mo, si su evolu­ción con­tinúa favor­able­mente, podría recibir el alta hos­pi­ta­lar­ia en los próx­i­mos días. Aun así, su madre es cautelosa: “Con estos pacientes todo puede cam­biar en horas. Amanecen bien, después pasa algo y vuel­ven a estar bien. Hay que vivir hora a hora”.

San­ti­no lucha con­tra la leucemia des­de los tres años. Ya había recibido un trasplante en Argenti­na, pero la enfer­medad rea­pare­ció y las posi­bil­i­dades de tratamien­to en el país se ago­taron. La esper­an­za llegó des­de Sin­ga­pur, donde el 31 de mayo fue someti­do al primer trasplante de célu­las madre, don­adas por su papá Eri­co Oscar Rzes­niowiec­ki, y el 4 de junio recibió célu­las prove­nientes del cordón umbil­i­cal de una mujer cana­di­ense.

Con infor­ma­ción de El Ter­ri­to­rio

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